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La diplomacia pública: Una oportunidad para recontar la Argentina a los italianos (página 4)

Enviado por Mat�as Marini


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II.3.1.1. La diáspora, una embajadora itinerante

En la última fase de la Segunda Guerra Mundial, un año después de que Italia capituló y quedó dividida entre los partisanos y la República de Saló, al Norte, la primacía británica en la gestión internacional de los asuntos italianos comenzó a ceder lugar a la angloamericana. Si bien signadas por desconfianza mutua, la relación ítalo-estadounidense comenzó a mejorar a partir del verano de 1944. El cambio de clima se debió en cierta medida al mensaje público del presidente Franklin Delano Roosevelt hacia la población italiana. En noviembre de aquel año el mandatario debía enfrentar las elecciones para renovar su mandato. Ya para entonces el electorado italiano (nativo y oriundo) en su país era de envergadura y manifestaba su disconformidad por la forma en que el presidente trataba a su país luego de la caída de Mussolini.

Al comienzo de la era republicana, el premier italiano Alcide De Gasperi impulsó mediante sus diplomáticos un intenso trabajo de persuasión en las conferencias de París hacia los países vencedores de la guerra que contaran con una considerable presencia de comunidades de origen italiano. El país era notoriamente marginado de los procesos de decisión luego del conflicto.

Winston Churchill, primer ministro inglés durante la Segunda Gran Guerra, fue objeto de la presión ejercida por la comunidad polaca residente en la isla para que el Reino Unido apoyara a Polonia contra la Unión Soviética.

Hoy, el presidente de EE.UU. no puede modificar su política exterior hacia Cuba sin pasar por la comunidad cubana de la Florida, a menos que desee poner en riesgo el reservorio de votos republicanos.

Estos ejemplos quizá parezcan marginales en la historia moderna, pero demuestran cómo la presencia de las colectividades extranjeras determina cambios de rumbo de la política exterior del país que los hospeda: los expatriados kosovares en Europa occidental, por ejemplo, han ejercido presión en los países anfitriones para que en el Consejo de Seguridad de la ONU voten a favor de la independencia política de Kosovo.

En la diplomacia cultural adquieren importancia los grupos humanos dispersos que abandonan sus tierras de origen. La presencia de la comunidad argentina en el exterior no debe desestimarse. Desde 1966, año del cuarto golpe de Estado argentino del siglo XX, se inició un proceso emigratorio conocido como "fuga de cerebros": destacados científicos e intelectuales abandonaron el país por motivos políticos para desarrollar sus tareas en países como EE. UU., Canadá e Israel. Luego, con el golpe de 1976 artistas y escritores se exiliaron en Europa, donde cumplieron una intensa agenda de información para poner en conocimiento del público europeo la realidad de los desaparecidos y las violaciones a los derechos humanos. A los motivos políticos se sumaron más tarde las causas económicas de la inflación de fines de los años ochenta y la quiebra de los sistemas político, económico y financiero en 2001. Cíclicamente, casi década mediante, el declive del país propició la masiva partida de ciudadanos. Aunque el proceso de fuga comenzó a desacelerarse a partir de 2003, la magnitud de la comunidad argentina en el exterior ofrece a la diplomacia una oportunidad de mostrar al mundo las virtudes del país y comenzar así a revertir su alicaída imagen de nación desarticulada en muchos de sus aspectos.

La diplomacia cultural puede intercomunicar las distintas colectividades de argentinos en el mundo, facilitando canales autónomos de intercambio, con el propósito de difundir la cultura del país sin necesidad de acudir a la presencia de onerosas figuras del espectáculo. Las embajadas podrían activar bases de datos de argentinos empeñados en difundir particulares sobre el país y proveerles asistencia técnica e intelectual.

El alto nivel de integración social con las nuevas comunidades extranjeras demostrada por muchos italianos inmigrantes los convirtió en embajadores involuntarios de su país. Esto significó y significa aún para Italia oportunidades de crear acuerdos comerciales con los países hospedantes de la diáspora. Así lo reconoció el citado Occhiucci: "Son más los argentinos que vienen a Italia que los italianos que van a la Argentina (…). Se pierden los vínculos de identidad cultural. Esto se debe también a la incapacidad de relacionarse. Lo que estoy tratando de comunicar es que si se mantuviese una relación de identidad cultural más fuerte entre los gobiernos y las oficinas culturales habría más intercambio (…). Creo que estas comunidades [se refiere a la presencia italiana, alemana y hebrea en la Argentina] han determinado un impulso hacia formas de internacionalización que quizá no han pasado ni siquiera por los canales estatales. Es decir, los flujos de inmigración de las diversas etnias han mantenido de todos modos un vínculo con la cultura de origen, lo que crea el intercambio" (art. cit. en Anexo).

Para asistir a tamaña comunidad, se conformó en Italia el CGIE (Consejo General de los Italianos en el Exterior), un organismo que oficia como consejero del gobierno y del parlamento sobre los temas de interés de la comunidad italiana residente en el extranjero. El organismo se compone de 94 consejeros, de lo cuales 65 resultan electos en el exterior y 29 son nombrados por el gobierno nacional. Aúna, a su vez, a todos los Com.It.Es (Comité de los Italianos en el Exterior) que operan en las jurisdicciones de los consulados italianos y que reciben a diario las peticiones de los italianos que viven de forma permanente en el extranjero. Sus autoridades votan en las elecciones para renovar al CGIE. Los Com.It.Es, cuyos dirigentes son elegidos en comicios regulares por los ciudadanos italianos, son entidades intermedias que cualifican la relación entre las demandas de la ciudadanía y las estructuras estatales (los consulados).

Pero el viceministro para los italianos en el Mundo del gobierno Prodi, Franco Danieli, advirtió que "existe un extraordinario protagonismo de una vastísima pluralidad de sujetos, [lo que] frecuentemente se traduce en un desequilibrio, una ineficacia en la gestión de los recursos económicos. Me refiero también a las iniciativas de sujetos privados. Falta un marco estratégico unitario dentro del cual colocar las distintas iniciativas" (ver entrevista con el autor en Anexo).

Es necesario ahora confirmarlo: la diáspora es uno de los componentes de la diplomacia pública que la coloca como herramienta para el desarrollo, costado que aquí nos interesa. Gracias a las comunidades presentes en el exterior, Italia sigue dando a conocer su Made in Italy. En muchos de los países donde mayor fue la inmigración italiana existen mercados donde los productos itálicos son apreciados por su calidad. "En el mercado globalizado el vínculo cultural con los italianos en el exterior puede constituir una reserva para multiplicar las colaboraciones industriales, favoreciendo tanto a las inversiones italianas en el exterior como a las inversiones extranjeras en Italia", explica Giandomenico Magliano, director general para la Cooperación Económica y Financiera Multilateral del Ministerio italiano de Asuntos Exteriores. Las asociaciones de italianos residentes en el extranjero participan en la estrategia del gobierno italiano para aumentar el intercambio comercial y cultural.

La masiva presencia de conciudadanos en el exterior imprimió en la administración pública de la Península estructuras inéditas, como el Ministero per gli Italiani nel Mondo, una cartera dependiente de la Presidencia del Consejo de Ministros, que tiene sus propias misiones, más allá del clásico ministerio de Asuntos Exteriores (con el cambio de gobierno en mayo de 2006 pasó a ocupar la categoría de viceministerio "con billetera", es decir con partidas presupuestarias propias). A la red diplomática y a las sedes consulares se sumaron los 89 institutos italianos de Cultura en el exterior, entes abocados a difundir la producción cultural de su país mediante conferencias, espectáculos, ciclos de cine, cursos de idioma, becas de estudio.

Esta acción del gobierno italiano coincide con la definición aportada por el diccionario de Relaciones Internacionales del Departamento de Estado de EE. UU.: "La diplomacia pública se refiere a programas auspiciados por el gobierno y destinados a informar o influir en la opinión pública en otros países; su principal instrumento son las publicaciones, las películas, los intercambios culturales, la radio y la televisión."

En la Argentina existen dos de estos institutos, uno en Buenos Aires y otro en la provincia de Córdoba. Durante 2005, a treinta años de la muerte de Pier Paolo Pasolini, las retrospectivas del cineasta estaban disponibles al público argentino casi en la misma media –cuando no en mayor- que en Italia. Los periódicos locales imprimieron extensos suplementos dedicados al cineasta al tiempo que sus películas eran exhibidas a bajo costo y con el auspicio del Instituto Italiano de Cultura. También resulta frecuente encontrar centros culturales argentinos realizando homenajes a directores como Roberto Rossellini, Giuseppe Tornatore, Federico Fellini y Ettore Scola.

En el resto de Europa están los ejemplos del British Council (Inglaterra), la Alliance Française (Francia, pionera en la materia, eligió a Italia como primer destino), la asociación Dante Alighieri (Italia), el Goethe Institut y la Alexander von Humboldt Stiftung (Alemania), el Instituto Cervantes (España) y, en Asia, la Tokyo Foundation (Japón). También en Asia, China cuenta con su Instituto Confucio. El primero fue emplazado en Estocolmo en febrero de 2005 y desde enero de 2006 opera otro en Francia, en la Université de Poitiers; son sólo 2 de los 17 institutos Confucio en el exterior, aprobados por el ministerio de Educación chino y la Oficina Nacional para la Enseñanza del Mandarín. El gobierno chino planea abrir otras cien sedes para difundir su pedagogía y su cultura.

El British Council es uno de los ejemplos más ricos. Creado en 1934 como organización semigubernamental encargada de las actividades culturales británicas en el exterior, en su declaración de propósitos hallamos un verdadero programa de diplomacia cultural. Declara sus objetivos "para ampliar en el exterior el conocimiento de la vida y del pensamiento de los británicos; y para promover un mutuo intercambio de conocimientos e ideas con otras personas. Para fomentar el estudio y uso del idioma inglés; (…) para poner a otras personas en contacto cercano con los ideales y las prácticas británicos en los ámbitos educativo, industrial y gubernamental; para poner a disposición los beneficios de las actuales contribuciones británicas a la ciencia y a la tecnología; y para ofrecerles oportunidades de apreciar la producción literaria británica contemporánea, las bellas artes, teatro y música" (Taylor op. cit., 80). Ante el definitivo ocaso de su pasado imperial y de primus inter pares en Europa, la isla decidió jugar la carta de una política de prestigio que compensara la erosión de su poder fáctico.

Pero el fenómeno de la diáspora no siempre resulta comprensible para los ciudadanos que no emigraron, quienes a menudo ven con desconfianza el empeño de la administración pública en ocuparse de ella. La prensa italiana casi no hace mención de las comunidades en el exterior y muchos habitantes de la Península no tienen noticia de la existencia de una cartera en la política exterior especialmente diseñada para atender a la diáspora. "Hubo una lenta toma de conciencia sobre la importancia del network étnico italiano", subrayó el viceministro Danieli, para quien existe una visión provinciana del fenómeno por parte de la clase política y de los medios italianos. El funcionario explica el renovado interés de la opinión pública por la diáspora gracias a la elección en los comicios de 2006 de los primeros dieciocho legisladores italianos elegidos en el exterior, cuya presencia fue decisiva para la formación de la mayoría de gobierno y para el posterior sostén de la coalición hasta enero de 2008. "Esta centralidad objetiva –agregó Danieli– ha reabierto un poco la atención. Pero la ha reabierto con el espíritu del chismorreo, del voyeurismo político. No hay una comprensión real y profunda de la importancia de la comunidad italiana en el mundo (…). Todavía no es un sentir común y vasto, sobre todo en lo que se refiere a la opinión pública. Los medios están aún ausentes; se habla de comunidad italiana cuando hay fenómenos trágicos o cuando hay algún chisme particular" (ver Anexo).

III. Argentina: desde América latina hacia Europa

"… ma misi me per l’alto mare aperto sol con un legno…"

Dante, Infierno, canto XXVI.

 

La reflexión teórica latinoamericana en materia de política exterior ha girado sobre algunos ejes vertebrales: el empeño por el desarrollo nacional, la industrialización y la puja por modificar el deterioro en los términos del intercambio comercial hacia un nuevo orden mundial equitativo, de relaciones mutuamente beneficiosas, con acuerdos de tipo win-win en el que los socios obtengan su beneficio sin ir en detrimento del otro. El Mercosur no escapa a este objetivo.

La historia del pensamiento estructuralista latinoamericano en relaciones internacionales ha siempre hecho hincapié en la díada centro-periferia como dos caras de una misma moneda; una realidad estructural en donde el subdesarrollo no es un proceso independiente, una etapa previa del desarrollo, sino, por el contrario, una condición contemporánea para la existencia de polos mundiales de desarrollo. El subdesarrollo es parte de la ontología del desarrollo, no su versión anterior.

El núcleo del argumento estructuralista sostenía que "la economía mundial está compuesta por un centro de países altamente industrializados y una amplia periferia subdesarrollada (…). El progreso técnico que lleva a aumentar la productividad y al desarrollo económico es la fuerza conductora de este sistema, pero el avance técnico tiene diferentes consecuencias para el centro industrializado, debido a rasgos estructurales de las economías menos desarrolladas y a la división internacional del trabajo heredadas del pasado (…), los frutos del progreso técnico y del incremento en la producción son así retenidos en la economía central y absorbidos por una apreciable fracción de la sociedad" (Bernal-Meza op. cit., 135).

La división internacional del trabajo, cuestionada desde la década de los cuarenta por el pensamiento de la CEPAL (Comisión Económica para América latina), persiste aún como realidad que escinde a un grupo de naciones proveedoras de materias primas o productos sin valor agregado de otro compuesto por países manufactureros, hacedores del proceso de industrialización. De lleno en el siglo XXI, la exportación de materias primas, con reducidos casos que incluyen algún grado de transformación, sigue siendo uno de los problemas centrales para explicar la insuficiente participación de los países latinoamericanos en los flujos del comercio mundial (cfr. Gejo 1993, 137). Las principales mercancías exportadas a Europa por América latina y el Caribe son productos agrícolas, material de transporte y energía, a tal punto que la UE tiene un déficit comercial con esta región en este tipo de productos, mientras que en el resto de los sectores registró un excedente comercial (cfr. Comisión Europea 2004).

La vieja preocupación de la escuela latinoamericana por el desarrollo de la periferia como adecuado mecanismo de integración en el sistema mundial recobra vigencia luego de que la retórica del neoliberalismo en los años ochenta y su versión sudamericana de los noventa propiciara una visión economicista del desarrollo, en la que la palabra "crecimiento", entendido como acumulación de riquezas con el PIB como índice, reemplazó a la de "desarrollo", que alude a la inclusión social, la mejora cultural, el bienestar general, el empleo y la distribución del ingreso.

En definitiva, se trata de un crecimiento económico que no se desvincule de las condiciones de vida de la sociedad. Por esto, aquí se prefiere subrayar las restantes dimensiones de desarrollo, ya señaladas en los debates de la UNESCO hace más de tres décadas cuando se entendió que el proceso comprende elementos sociales, educativos, culturales, de calidad de vida y justicia social; dimensiones que encuentran incluso en la comunicación un continente válido y que la diplomacia pública puede traducir en estrategias coadyuvantes.

En América latina el concepto de desarrollo es esencialmente inseparable de la gobernabilidad. Existe un consenso entre los países de la región sobre la dificultad de lograr un crecimiento sostenible con exclusión social. Sin condiciones de prosperidad, las variables sociales pueden desestabilizar el orden institucional. De ahí que, como se dijo, una buena política exterior empieza por un diagnóstico local: se trata de traducir necesidades internas en posibilidades externas. Los programas de desarrollo son incluso reconocidos por algunos teóricos del realismo como la única vía para que los Estados periféricos (como Argentina) generen una auténtica base de poder nacional en el largo plazo.

III.1. Breve diagnóstico de la situación argentina y regional

La inserción y participación de las naciones de América latina en el escenario mundial conjuga dosis de determinismo interno y externo. Pero a pesar de la cuota de determinismo estructural (externo) que señaló el pensamiento latinoamericano, más la persistencia de crisis político-económicas en la región, "su creciente marginalidad con respecto a los flujos financieros, comerciales y tecnológicos mundiales, la importante pérdida registrada en su capacidad de incidir en la orientación de las decisiones principales del sistema y el alto grado de dependencia económica de EE. UU.; aún resta una porción sustantiva de decisión en manos propias" (Tomassini op. cit., 102). Es esta porción sustantiva de autonomía la que parece crecer en los últimos años.

Desde una lectura basada exclusivamente sobre relaciones de fuerza y acumulación de poder, las naciones latinoamericanas pueden adolecer de protagonismo. Pero América latina es una de las regiones más privilegiadas del mundo. En comparación con el tamaño de su población, sus recursos son abundantes. Cuenta con múltiples fuentes de energía y alimentos y está alejada de las principales zonas de tensión internacional. Con la excepción de Bolivia y -en parte- México, sus conflictos étnicos, religiosos o lingüísticos son escasos.

Sudamérica sigue avanzando en sus procesos de democratización. Se consolida en la defensa de los derechos humanos (la Argentina ha ratificado gran parte de los tratados regionales y universales de derechos humanos y, a diferencia de otras tantas naciones, les ha otorgado rango constitucional). Es una zona donde no prolifera el armamento nuclear y su único foco de terrorismo permanente, la narcoguerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), está vinculado con un tipo de acción armada de reivindicación económico-territorial y no religiosa o étnica, como ha sucedido con algunos casos europeos (vg. el IRA).

Según datos de la CEPAL, las economías de los países de América latina transitan el cuarto año consecutivo de crecimiento y el PIB ha aumentado 4,3% en 2005 (cfr. Salafranca op. cit., 4). Con la expansión de 2006, el subcontinente habría acumulado un aumento del PIB regional de 17,6%. La región está alejándose de las décadas de inflación crónica que en los ochenta y noventa desquiciaron a la Argentina, Bolivia, Perú, Brasil y Nicaragua. Desde 1950 la población de la zona se ha más que triplicado; la esperanza de vida al nacer pasó de 51 a 73 años y la mortalidad infantil se redujo en un 83%, al caer desde 128 a 22 muertes por cada 1000 nacimientos con vida. También se incrementaron los índices de alfabetización y escolarización (Reid, 2007).

Es también una rica potencia ambiental gracias a su biodiversidad, sus reservas energéticas (petróleo y gas), alimenticias y acuíferas. Desde fines de 2005 se planea la construcción de un gasoducto de 8000 kilómetros que uniría Venezuela, Brasil, Bolivia y Argentina; y de una refinería de petróleo en el noreste del país carioca. Luego de treinta años de continuidad en sus políticas de Estado y en coincidencia temporal con la caída de la capacidad de producción petrolera de la OPEC, Brasil está alcanzando su independencia energética gracias a sus programas de etanol, biodiesel y extracción costera. La producción agrícola de energía funciona hoy como nuevo punto de encuentro comercial entre EE.UU. y América del Sur. Su fomento ya produjo consecuencias en las economías de los países exportadores (México y Brasil): inflación, desabastecimiento alimenticio, deforestación y extranjerización de las tierras.

Según datos del Foro Mundial del Agua, América del Sur posee el 28% del agua potable del planeta. Esto la convierte en una de las regiones con mayores recursos hídricos. Debajo de los territorios de cuatro de los cinco miembros del Mercosur (Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina) fluye el gigantesco Acuífero Guaraní, una de las últimas reservas subterráneas de agua dulce del planeta, cuya magnitud es capaz de satisfacer una demanda masiva en un mundo de predominante agua salada, no potabilizada y plagado de territorios en donde la escasez de este recurso representará un serio problema. La relevancia estratégica del recurso motivó en Bolivia la creación del ministerio del Agua.

Desde el plano teórico, se suele dividir a América del Sur en dos corredores que distinguen a los países andinos de los del Cono Sur; los del océano Pacífico y los del Atlántico. Por un lado, la llamada "medialuna de los conflictos" (formada en gran parte por las naciones de la desmembrada Comunidad Andina de Naciones: Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Paraguay); por el otro, la "medialuna de la estabilidad e incógnitas", integrada por Brasil, Argentina, Uruguay y Chile -pretendida estabilidad que en el caso argentino no es percibida en Italia, según se verá en los resultados del capítulo IV.2.

Esta última región del subcontinente ostenta importantes niveles de cooperación económico-cultural y la casi desaparición de los tradicionales conflictos bilaterales de disputas territoriales o contiendas geopolíticas, si bien últimamente resurgió el reclamo boliviano hacia Chile por una salida al océano Pacífico. El caso chileno es quizá el más elogiado de América latina en los términos de su inserción comercial mundial, imitado desde 2007 por Perú. La competitividad de su economía ocupa la 27a posición en un ranking de 177 países, superando a naciones desarrolladas de varios países europeos. Chile evidencia un modelo económico de mayor solidez en la zona, construido desde hace quince años por una misma coalición de gobierno (la Concertación, formada por la Democracia Cristiana y el Partido Socialista), aunque su disímil distribución del ingreso se halle entre los más pronunciados de la región.

América latina registra el mayor índice de desigualdad social y peor distribución del ingreso del planeta, igualado sólo por África subsahariana. Sus discontinuos períodos de crecimiento económico no fueron acompañados por una esperable distribución de la riqueza. La brecha entre los sectores de consumo se agigantó. Con las excepciones de Uruguay y Costa Rica, que siempre registraron los mejores coeficientes de Gini (índice de distribución), el resto de las naciones mantiene la endémica desigualdad social, con Brasil a la cabeza. El Informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para 2005 reveló que de los 550 millones de latinoamericanos, más de 220 millones son pobres y unos 100 millones extremadamente pobres, personas que viven con menos de 1 dólar al día. El Indec (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos argentino) informó que en 2005 la Argentina aumentó treinta veces la distancia entre el 10% de la población con mayores ingresos y el 10% más pobre.

En el bienio 2004-2005, después de veinticinco años, la región latinoamericana volvió a crecer en un porcentaje mayor que el promedio universal. De acuerdo con el FMI, la región crecerá 4,2%. Para la CEPAL, en cambio, el alza será de 4,8%. Pero el crecimiento no ha logrado aún disminuir la brecha social. En América latina la exclusión del mercado y la reducción del poder adquisitivo de la ciudadanía ha desembocado en agitaciones sociales capaces de desestabilizar la continuidad de los gobiernos (allí están los casos argentino de 2001 y boliviano de 2003). Una vez más, aparece la relación dialéctica entre desarrollo y gobernabilidad.

En su Índice de Desarrollo Humano, dado a conocer en noviembre de 2006, el PNUD coloca a la Argentina a la cabeza de las naciones latinoamericanas con mayor desarrollo humano. Pero el país sigue siendo dramáticamente desigual: mientras en la capital se alcanzan índices de desarrollo equiparables a los italianos o belgas, basta recorrer provincias como Misiones, Chaco y Formosa para encontrarse con índices africanos. La Argentina de las últimas décadas no conoció un desarrollo económico sostenible; ha más bien oscilado entre fases de crecimiento y recesión con mayor frecuencia que la mayoría de los países de la región. Esto contribuyó a que desde los años setenta el país tuviese una de las tasas de crecimiento más bajas de América latina.

Sin embargo, luego de su crisis de 2001, el país alcanzó catorce trimestres consecutivos de crecimiento a partir del segundo trimestre de 2002 (superando al anterior ciclo alcista de 1995-1998). Concluyó el 2006 con un crecimiento anual de su PIB de 8%, el corolario para cuatro años de expansión a tasas chinas. El país "viene creciendo a tasas asiáticas y eso es muy apreciado desde Europa", declaró el jefe de la delegación de la UE en la Argentina, en julio de 2006. En los primeros meses del mismo año, la Argentina acumulaba un crecimiento de su PIB de 9,1%, ligeramente superado por China, con 9,5%. El crecimiento argentino superó por amplio margen al brasileño y al de actores centrales del sistema económico mundial como EE. UU. (3,4%), Europa (2%), Rusia (7%), India (7,3%) y Japón (2,8%).

La Argentina es uno de los países más ricos y desarrollados de América latina en términos de recursos humanos y naturales. Logró incorporar a un amplio sector de su población en términos de derechos sociales. En 2001, luego de cuatro años de recesión, contaba con más de la mitad de la población bajo la línea de pobreza; una desocupación de 21%; una caída del PIB de 16%; una deuda por más de 132 mil millones de dólares; una fuga de capitales por más de 26 mil millones de dólares y el índice de riesgo país más alto del mundo (Alberti 2005, 24).

Luego de su más extensa y profunda recesión económica en un siglo y medio (desde 1998 a 2002), la Argentina alcanzó el mayor superávit primario consolidado en más de cincuenta años. La depreciación del peso produjo saldos con superávit en la balanza comercial gracias a la sustitución de importaciones. El Foro Económico Mundial aseguró que el país es la segunda economía más competitiva de América latina, delante de Costa Rica, Brasil, Colombia y México.

Parte de la bonanza económica argentina se atribuye a una benigna coyuntura internacional antes que a los méritos de la propia política económica. De hecho, la región se beneficia de los altos precios de las materias primas gracias, por ejemplo, a la creciente demanda asiática (juntos, China e Inda poseen 2.400 millones de habitantes, aproximadamente, que demanda alimentos). La demanda sino-india, junto con la estadounidense, mantiene elevados los precios agrícolas, del petróleo y de los productos primarios. Condiciones internacionales que revalorizan el aún perfil primario de las exportaciones argentinas. Con frecuencia se alude al "boom de la soja", un commodity argentino relevante junto al petróleo, cuya excepcional cotización en el comercio mundial propició los buenos números en los índices de exportaciones y la excedencia de recursos, además del crecimiento en la industria del turismo y el sector de la construcción. El Índice de Materias Primas en octubre de 2006 indicó una suba de 10% respecto de igual período en el año anterior. Luego de su visita a China en noviembre del mismo año, la delegación de la Cancillería argentina, encabezada por el ministro de Asuntos Exteriores Jorge Taina, comprobó que la elevada demanda de bienes primarios del país comienza a sobrepasar a su capacidad de oferta. El boom de las materias primas genera el riesgo de consolidar una estructura económica de producción primaria, poco industrializada. Una cotización de la moneda local que si bien fomenta la exportación dificulta al mismo tiempo la adquisición de maquinarias.

La Argentina ha sido un país fluctuante también en política exterior. Ubicada entre las naciones más importantes del mundo a principios del siglo pasado, ha devenido en un caso de desarrollo frustrado, como lo fue gran parte de América latina, si tenemos en cuenta que a fines del proceso desarrollista de los años sesenta e inicios de los setenta la región disponía de factores competitivos tales como tecnología propia, grandes empresas, capitales, gran mercado interno y sus aún vigentes recursos naturales.

El país fracasó reiteradas veces en el intento por lograr una acertada inserción mundial. Vaciló en la constitución de una tradición diplomática y una política exterior de Estado ajenas a los vaivenes de los gobiernos nacionales. De la privilegiada relación con Gran Bretaña, en pie hasta los años treinta, pasó a una neutralidad filo germánica marcada por frecuentes enfrentamientos con Washington y la definición de la Tercera Posición como matriz de política exterior ("ni comunistas ni capitalistas, peronistas"). Del tardío –y penado- intento de alineamiento con EE. UU. en las postrimerías de la Segunda Guerra, el país se orientó hacia una política pro latinoamericana y desarrollista para más tarde ingresar en el concierto de los países No Alineados, formado por las decenas de nuevos Estados surgidos durante la segunda posguerra. Ya contemporáneamente (1989-2001), ensayó un acoplamiento con EE. UU. y los lineamientos del "Consenso de Washington", hasta proponerse incluso como país Aliado extra OTAN (1998).

Tal como explicó el estudioso argentino Juan Gabriel Tokatlián, "en los últimos lustros el país pasó de ser paria a ser un paraíso y, posteriormente, otra vez a ser paria; transitó la condición de ser modelo regional a fracaso hemisférico; se lo miró como un milagro primero y como un desquicio después; fue visto como alumno aplicado y más tarde como díscolo empedernido [el autor se refiere a los elogios del FMI al país a fines de la década de los noventa, cuando lo calificó de "alumno ejemplar"]. O sea que, en clave anglosajona, la Argentina pasó de ser showcase a volverse basketcase" (Tokatlián op. cit., 179). "Por años fue considerado el país modelo para las recetas neoliberales impulsadas por los organismos multilaterales, pero después de los sucesos de diciembre 2001 se convirtió primero en un modelo de desobediencia civil y luego en una usina de producción de nuevas experiencias de auto-organización, lo cual lo llevó a erigirse prontamente en uno de los laboratorios sociales más originales de la periferia globalizada" (Alberti op. cit., 24).

III.2. Eje Mercosur – Unión Europea

"Y nosotros, los iberoamericanos, con tan hondas raíces en España y Portugal,

¿no somos lo más semejante a Europa fuera de Europa?

No permitamos que Europa nos sea raptada."

El rapto de Europa. Carlos Fuentes (2007).

La internacionalización del comercio y la apertura de los mercados, postulados de la globalización, parecen no avanzar sin la asistencia de un proceso paralelo de integración regional. La ampliación de la cooperación entre miembros de un mismo bloque, como también entre dos regiones, puede ser un camino para aliviar las condiciones del subdesarrollo y morigerar los efectos de una mundialización asimétrica.

Tanto el proceso de globalización como el de regionalización, si bien en apariencia contradictorios, pueden asistirse mutuamente. Hay quienes ven a la regionalización como el proceso mediante el cual la globalización toma forma. Pero visiones menos optimistas alertan sobre el riesgo de que los bloques regionales devengan en fortalezas proteccionistas, algo que ya afecta a las economías en desarrollo. Tal tendencia podría conducir a un escenario de fragmentación económica mundial (Petrash y Ramos 1998, 76, 77).

Dentro de estos procesos de integración por bloques, la UE es quizá el actor más original en la configuración de un nuevo orden mundial. Es la región del mundo con más organizaciones multilaterales y la principal inversora y donante en América latina, la zona con mayor número de propuestas de integración, después de Europa misma. Su paciente construcción en más de medio siglo demuestra que la asimetría entre los Estados miembros, la profunda diversidad cultural, idiomática y religiosa no son óbice para un exitoso modelo de cooperación.

Por su parte, la inegración latinoamericana no logra aún avanzar hacia un punto de no retorno, a pesar de contar con condiciones privilegiadas: sólo dos lenguas de uso masivo (castellano y portugués), una religión predominante (el cristianismo católico, con presencia protestante) y un mismo origen cultural. Una gran región que se asemeja a una nación dispersa en Estados nacionales, según la visión panamericana del político peruano Víctor Raúl Haya de la Torre. Riquezas naturales, territorio y homogeneidad cultural; América latina tiene una plataforma formidable para, por fin, engranar ventajosamente en esta bisgra temporal que vive.

Si la interacción a escala global se hará de forma bilateral (modalidad adoptada por Chile) o a través de un bloque regional, es un debate vigente en América latina. No sólo Chile, también Perú alcanzó en 2006 un tratado de libre comercio con EE. UU. que, luego de las dificultades para practicar su propuesta de Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA), ha preferido la vía de acuerdos bilaterales con los países latinoamericanos. Respecto de esta modalidad, el secretario de Estado español para Asuntos Europeos, Alberto Navarro, señaló que "no podemos esperar que EE. UU. vaya firmando acuerdos con todos los países y que nuestros empresarios vayan perdiendo oportunidades de mercado."

En 1995, la UE y el Mercosur firmaron el acuerdo de cooperación política que pretende profundizar los lazos de libre comercio. Fue la primera vez en la historia que dos bloques comerciales negociaban un acuerdo de asociación. La conversación inter-bloque se enmarca en un diálogo aun mayor, el de la UE con ALC, que en 1999 en Rio de Janeiro entablaron conversaciones de asociación abarcando la liberalización de todo el comercio de bienes y servicios.

Con la ronda de diálogo de Viena en 2006 ya son cuatro las cumbres celebradas entre ambos bloques (Rio de Janerio en 1999; Madrid en 2002; Guadalajara en 2004). Sin embargo, en la población la visibilidad de la UE en América latina -y viceversa- es aún escasa. En la primera, predomina la presencia de África y Asia. En la segunda, la de EE. UU. El desconocimiento conduce a la incomprensión y fomenta estereotipos que, como se notó en el apartado II.2.1., deben ser estudiados y accionar sobre ellos si se pretende una adecuada estrategia de diplomacia pública que quite la imagen del país del cono de sombras de la opinión pública extranjera.

El ambicioso proyecto de Acuerdo de Asociación Birregional entre UE y América latina gira sobre tres ejes: diálogo político, cooperación y asuntos comerciales. Respecto del primer eje, en 2006 el Parlamento europeo instituyó EUROLAT, la Asamblea Parlamentaria Euro-latinoamericana que reúne a representantes de legislaturas de países latinoamericanos y a miembros del Parlamento europeo. En cuanto a los dos últimos ejes, un acuerdo de asociación entre ambos daría lugar al segundo bloque comercial del planeta, con un producto aproximado de 9 mil millones de euros y una población superior a los 700 millones de habitantes, el equivalente a casi 10% de la población mundial. Con la incorporación de Venezuela en 2006 (la tercera economía de Sudamérica y miembro de la OPEC -Organization of Petroleum Exporting Countries-, con tradicional influencia geoeconómica en el Caribe, las reservas petroleras más consistentes del continente y las de gas más importantes de América del Sur), el Mercosur produce el 75% del producto bruto de la región. En noviembre de 2006 Rafael Correa, presidente entonces electo de Ecuador, anunció que perseguirá la incorporación de su país al bloque sureño. Por su parte, el presidente peruano Alan García designó un embajador permanente ante la Comisión de Representantes del Mercosur.

Ambos bloques se necesitan. La UE, principal inversor y donante de ayuda no reembolsable al Mercosur, si bien abocada a resolver las asimetrías con los nuevos miembros del Este (Rumania y Bulgaria ingresaron en enero de 2007), algo que podría representar una lesión en la importancia relativa de América latina en Europa, debe abastecerse de materias primas y explorar nuevos mercados. Por su parte el Mercosur, cuarto grupo económico del mundo, necesita de inversiones en tecnología, energía, transporte y telecomunicaciones para poder diversificar su producción y facilitar la exportación de valor agregado.

El contexto de acción para la Argentina hoy está dado en este marco, el de su integración regional. Dicho marco de cooperación, que data de la década de los ochenta, favorece la definición de la "autonomía relacional", mencionada en la introducción del presente estudio; concepto inaugurado por los académicos argentinos Roberto Russell y Juan Gabriel Tokatlián. Estos acuerdos regionales promueven "el tránsito de una autonomía que se define por contraste a otra que se construye dentro de un contexto de relaciones (…) la capacidad y disposición de un país para tomar decisiones con otros por voluntad propia y para hacer frente en forma conjunta a situaciones y procesos ocurridos dentro y fuera de sus fronteras" (Bernal-Meza op. cit., 222).

Fue la Argentina el primer país de América latina en formalizar su relación con la UE mediante los llamados acuerdos de cooperación de tercera generación (democracia, derechos humanos e integración). Para su comercio exterior, el país descansa sobre dos encalves fundamentales: Brasil y la UE. Si bien la presencia argentina en el mercado brasileño se redujo durante los últimos tres años, la Argentina es el segundo vendedor en importancia de Brasil, superado por EE. UU. Europa es su segundo socio comercial, después de Brasil, y su principal inversor. En los años noventa, la Argentina recibió 127 mil millones de dólares en inversión extranjera directa, de los cuales 47% provenientes de la UE, 41% del NAFTA y 9% del Mercosur (Girandi 2002).

Respecto de Brasil, se trata de su socio estratégico en el Mercosur y de la región, que hasta octubre de 2006 mantenía superávit comercial con todos los países sudamericanos, lo que se prestó como justificación para la búsqueda bilateral de acuerdos de libre comercio con EE. UU. por parte del resto de las naciones. Brasil aspira a un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas; es el quinto país del mundo en extensión, con un territorio de 8.547.000 km2; tiene 170 millones de habitantes y un PIB que sitúa a su economía entre las diez mayores del planeta. La performance de su canasta exportadora le arrebata cada vez más mercados a la Argentina. Ya es el segundo productor de porotos de soja y el primer exportador de carne bovina y aviar del mundo. En cortes bovinos multiplicó sus envíos por cinco en siete años y les quitó a los argentinos gran parte del mercado del Reino Unido. Brasil juega su rol regional de moderador frente a una Argentina a menudo díscola, una Venezuela provocadora y una Bolivia durante casi tres años a la deriva (2003-2005). Henry Kissinger, el ex canciller estrella de Richard Nixon, sostuvo que "donde va Brasil va América latina."

En un comunicado sobre el estado de las negociaciones birregionales, la Comisión europea reparó en el rol de Brasil en la región. "La estrategia para profundizar la asociación entre la UE y América Latina –anuncia el documento- también debe tener en cuenta la importancia y el papel especial de los grandes países de la región. Esto es así, en particular, con respecto a Brasil, país para el que la Unión sólo dispone de exiguas estructuras de diálogo bilateral carentes de dimensión política. Esta situación ya no se ajusta a la rápida evolución de Brasil como polo económico y político mundial. Brasil puede desempeñar un papel de motor en la integración regional, objetivo central además de la estrategia europea respecto al Mercosur" (COM 2005).

El gigante sudamericano aspira a convertirse en un actor global en sintonía con países pares como Sudáfrica, India y China, con los cuales busca entablar un eje geopolítico transversal (de hecho, el intercambio comercial brasileño total con estos tres actores más Rusia aumentó en los últimos cuatro años poco más de 9 mil millones de dólares). En enero de 2005 Brasil fue invitado a participar en las negociaciones del G8 durante el Foro Económico de Davos. Lo mismo ocurrió con el cónclave de San Petersburgo, Rusia, en julio de 2006, donde el país tropical participó como representante del G20.

Brasil es considerado un actor mundial que a través de su liderazgo en el G20 logra intervenir en las negociaciones del comercio mundial como voz escuchada por EE. UU., Europa y Japón. Es justamente en el terreno de la economía donde la ausencia de jerarquías mundiales permite que los países de menor capacidad militar ejerzan cierta presión sobre los actores centrales. Se trata de la observación crítica que Carlos Escudé le hace al realismo clásico y al estructural, según los cuales el sistema internacional es principalmente anárquico –no en el sentido de caótico, sino de la falta de un gobierno mundial. Escudé argumenta que en el ámbito estratégico, el de la seguridad, hay una clara jerarquía compuesta por Estados más poderosos que otros; pero reconoce la vigencia de la anarquía en el orden económico, como escenario en el que los países menores pueden ejercer un política de poder (cfr. 1995).

Nosotros agregamos a la comunicación (y a la diplomacia pública como herramienta) como escenario anárquico que puede revalorizar la presencia mundial de naciones no relevantes en el ámbito de la fuerza.

El mejor posicionamiento de Brasil en la región es percibido por Italia, que aumentó su atención hacia él con el objetivo de reforzar el diálogo político e incrementar el comercio bilateral por medio de la creación de empresas mixtas ítalo-brasileñas. El número de empresas italianas que abrieron filiales productivas y comerciales en Brasil casi se duplicó en los últimos diez años, de 120 a 220. Los sectores de cooperación empresarial conjunta son la mecanización agrícola y protección ambiental; agroindustria e industria de la transformación alimenticia; madera y muebles; mármol y granito; textil; cuero y turismo.

Desde 2001 está en marcha un acuerdo de cooperación descentrada para el desarrollo local entre cuatro regiones italianas (Umbria, Toscana, Marche y Emilia-Romagna) y la Presidencia de la República de Brasil. Es la primera vez que regiones italianas son autorizadas por el ejecutivo nacional a gestionar sus potestades en política exterior. El artículo 117 de la Constitución italiana atribuye a las regiones administrativas del país la facultad de adoptar legislación propia en materia de "relaciones internacionales y con la Unión Europea" y, por lo tanto, el poder de cerrar acuerdos –exclusivos o compartidos con el gobierno nacional- con terceros Estados. Emilia-Romagna y Veneto ya estudian la posibilidad de un acuerdo del tipo con Israel y Chile, respectivamente.

Se fomenta entre los políticos italianos la percepción de un Brasil que está recogiendo los frutos de una política macroeconómica austera, basada sobre la estabilidad monetaria y fiscal. "Un país establemente democrático escribe un ex ministro italiano de Asuntos Exteriores-, promotor de equilibrio y desarrollo en el escenario internacional y en particular en la región latinoamericana, protagonista de una prometedora fase de crecimiento económico (;) uno de los países emergentes de mayor atractivo para las inversiones y para el comercio."

Una posición intermedia de la percepción italiana de Brasil la ofrece el responsable del Servicio Exterior de la Cámara de Comercio de la región de Umbria, para quien "en el imaginario colectivo italiano Brasil está relacionado con las mujeres bellas, la buena vida, el turismo y, además, algo de trabajo. En cambio, la Argentina tiene que ver con algo más serio. Me impacta la imagen de estos dos hombres que bailan el tango entre sí, donde uno de ellos representa idealmente la compañera ausente, la pasión que se lleva dentro. La Argentina es un país más serio, más íntimo, más cerebral; mientras que en Brasil está todo más relacionado con el cuerpo y cuando los italianos lo visitan encuentran toda esta ligereza del ser" (cfr. Occhiucci, entrevista en Anexo).

El hecho de que la economía brasileña sea percibida como más competitiva que la argentina cuando los datos citados en este libro indican lo contrario, subraya la importancia de la comunicación para aumentar la visibilidad internacional positiva de un país. Brasil viene exportando en clave comunicativa sus valores de estabilidad, orden y progreso; variables tradicionalmente constitutivas de su identidad nacional. La diplomacia pública puede establecer relaciones internacionales basadas sobre este tipo de valores.

Vista su proyección internacional y su acercamiento bilateral con Italia, la Argentina debería probar estrategias binacionales de política exterior con su vecino. El costado estratégico de la relación privilegiada con Brasil podría explicarse sobre la base de cuatro ejes fundamentales: la formación de una zona de paz; la consolidación de sus democracias; la creación de un espacio económico común y el fortalecimiento de la capacidad de negociación frente al mundo (Russell 2003, 82).

América del Sur se presenta como el terreno natural para que la Argentina también se pliegue a una estrategia similar a la brasileña. Puede emplear una política de "control de daños" y presentarse como activa en la solución pacífica de conflictos con sus vecinos (Tokatlián op. cit., 111). Junto con Brasil como potencia media regional, puede ser un articulador de consensos en la zona antes que un permanente elemento de desestabilización para la región. Debería considerar la ocasión de sumarse al "Grupo de Amigos" impulsado por Brasil para evitar una creciente polarización política del Cono Sur. Un eje Brasilia-Buenos Aires puede promover una diplomacia preventiva que atempere las variables de posibles nuevas crisis políticas en la zona.

Cuando la decisión del gobierno boliviano en mayo de 2006 de nacionalizar los recursos naturales, el rol de moderador que la Argentina adoptó entre los intereses en pugna bolivianos y brasileños fue incluso resaltado por EE. UU., que espera que el país pueda contener las consecuencias de las nuevas políticas bolivianas y evitar así una engorrosa intervención regional.

El rol de la Argentina como moderador o árbitro regional, ahora en manos de Brasil, podría mejorar su perfil luego de la cumbre de mayo de 2006 entre América latina y la UE en Viena. En la ocasión, la comitiva argentina aseguró que "lo mejor que nos está pasando es que ahora [los países europeos] nos miran como parte de la solución y no como parte del problema." La ocasión pareció propicia para que el presidente argentino se ofreciera como mediador entre Bolivia y España, luego de que la estatización de los hidrocarburos afectara los intereses de la empresa ibérica Repsol. Sin embargo, Chile sigue siendo uno de los actores más confiables y estables como interlocutor regional, aunque el país no tenga en el escenario latinoamericano el peso necesario para guiar las tendencias de sus vecinos.

Pero Italia aún no demuestra certeza sobre este rol que la Argentina se arroga. Si bien el gobierno Prodi ha reconocido que el vínculo con el país podría ser un eje clave en la relación ítalo-sudamericana, ofrece reticencia al momento de concederle a los argentinos un estatus de socio en la declarada voluntad diplomática italiana de aliviar las tensiones en América latina (cfr. Di Santo, entrevista en Anexo). Cuando en octubre de 2006 Guatemala y Venezuela se disputaban un asiento transitorio en el Consejo de Seguridad de la ONU, la diplomacia italiana, que se había abstenido en las votaciones, propuso a Brasil como el interlocutor preferencial para destrabar la difícil elección que terminó con Panamá como elegido.

III.3. Argentina e Italia. La cultura como vínculo internacional

El estudio clásico de la política internacional ha sido dividido en al menos tres campos analíticos, siguiendo la orientación de Tucídides: el estratégico-militar, vinculado con la supervivencia de los Estados como unidades únicas; el económico, con las representaciones en mercados externos; el de los valores. Este último, cuya relevancia política se señaló en el apartado I.1.1., se refiere a las afinidades y discrepancias en la manera de entender la vida en sociedad y las convenciones que regulen la convivencia internacional. En este campo, Buenos Aires despliega sus mejores lazos con Roma.

Una encuesta difundida en 2002 por el Centro de Estudios Nueva Mayoría en Buenos Aires mostró que Italia es el segundo entre los países que los argentinos eligieron como modelo a imitar. Por sus vínculos culturales que se remontan a fines del siglo XIX, la nación peninsular europea es para la Argentina un "país llave" o "país portal" por cuyo intermedio es posible acceder a importantes mercados mundiales. Italia, como España, es uno de los enclaves geoestratégicos de la Argentina; se trata de un actor a través del cual profundizar la integración del país con Europa. Como integrante del grupo de las naciones más industrializadas, su gestión puede favorecer el acceso argentino a créditos, acuerdos y negociaciones. A su vez, la Argentina ofrece a Italia una de sus más sólidas perspectivas Atlánticas fuera de su membresía en la OTAN.

No sin un dejo de ironía, Jorge Luis Borges, mundialmente reconocido escritor porteño, aseguró que los argentinos son "italianos que hablan español". "Al no ser italiano, ni hijo de italianos –agregó-, me siento un extranjero en la Argentina". Por su parte, el escritor mexicano Carlos Fuentes sostuvo que "los mexicanos descendemos de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos de los barcos". "¿Vosotros sois conscientes de que habitáis la única república italoespañola del planeta? Es un privilegio que los demás pueblos del mundo no podemos dejar de envidiarles", dijo a los argentinos el filósofo español Julián Marías.

Los italianos estaban presentes en Argentina ya en los albores del siglo XIX, cuando comenzaba el proceso sudamericano de descolonización. La Imprenta del Estado en Buenos Aires fue confiada a Pietro De Angelis, un napolitano contratado por Bernardino Rivadavia, el primer presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata (1826-1827), anterior a la conformación del Estado nacional. Más tarde, con la publicación de los periódicos Crónica política y literaria de Buenos Aires y El Conciliador, De Angelis propinó el puntapié inicial para una saga de diarios que la comunidad italiana produjo en el Río de la Plata: L’Italiano (1854), L’operaio Italiano (1871-1876), L’Italia al Plata (1889), La Patria, La Patria degli Italiani (1876-1949), La Nuova Patria, il Giornale d'Italia, La Scena Illustrata, Roma, Il Mattino d’Italia (desde 1930 a 1945; este último, fundado hacia 1932 por pedido de Benito Mussolini, quien no quiso descuidar la presencia italiana en una Argentina con dirigencia por entonces profascista), L'Italia del Popolo, Il Maldicente (1880). De la posguerra son la revista Italpress y los periódicos Corriere degli Italiani, L'Italia d'Oltremare, Tribuna Italiana y L’Eco d’Italia.

La escena teatral y cinematográfica argentina fue ampliamente alcanzada por la influencia itálica. El estudioso argentino Jorge Miguel Couselo documenta que entre 1895 y 1915, período culminante del naturalismo escénico, los teatros porteños coronaron el éxito de trágicos peninsulares como Novelli, Garavaglia, Taccone y Grasso. En el mismo período, en 1905, llegó al país el músico siciliano Mario Gallo para dirigir una compañía de operetas. A Gallo se debe, comenta Couselo, la primera película argentina con argumento y actores profesionales: El Fusilamiento de Dorrego, estrenada el 24 de mayo de 1908. Contemporáneos fueron otros dos italianos inmigrantes, Attilio Lipizzi (Resaca, 1916; Federación o Muerte, 1917) y Federico Valle, director de El apóstol (1917), un largometraje de dibujos animados que satirizó la figura del presidente Hipólito Yrigoyen. En 1920 Valle lanzó la Film Revista Valle con una vigencia de diez años y seiscientas ediciones. Otro de sus conciudadanos, Mario Parpagnoli, fue hacedor del debut cinematográfico de la cantante rosarina Libertad Lamarque en su filme Adiós Argentina (1930), una de las primeras películas sonoras.

El exordio de la sonorización del cine acogió a otro relevante personaje del cine argentino, Mario Soffici, nativo de Florencia y radicado en el país desde los nueve años de edad. Con su estilo costumbrista, Soffici devino en uno de los representantes del cine argentino nacionalista de posguerra. Su filme Prisioneros de la tierra (1939), melodrama de denuncia política, fue incluso elogiado por Jorge Luis Borges (Couselo 1963, pp. 57-63). Italiano era también Luis César Amadori, director de Dios se lo pague (1948), basada en la obra teatral de Joracy Camargo; con Zully Moreno y Arturo de Córdova. El filme batió récords de boletería en varios países de América, llegando a estar nominado como Mejor Película Extranjera por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, cuando aún el Oscar no se había instituido en ese rubro (Gallina 2000).

En términos relativos a su demografía, la Argentina fue el único caso en la historia mundial de un país construido por los inmigrantes antes que por la población nativa. Hacia principios del siglo XX, de no haber mediado la enseñanza primaria obligatoria, el italiano hubiese sido el idioma más hablado en Buenos Aires. La ciudad portuaria llegó a albergar más foráneos que nativos. La presencia de extranjeros alcanzó su clímax en 1914, cuando llegó a representar casi un tercio de la población. "Buenos Aires es una gran ciudad italiana", sostuvo Placido Vigo, ex cónsul general de Italia en la capital argentina.

Hasta la característica de la arquitectura urbana porteña tuvo su impronta itálica. Los inmigrantes italianos "determinaron incluso el cambio de la fisonomía urbana de Buenos Aires, de sus alrededores y de las principales ciudades. Mientras en la periferia se creaban barrios residenciales con villas y jardines, en el corazón de la ciudad se recortaban los rascacielos: el Mirafiori de la FIAT, el de Alitalia-Olivetti, el rascacielos Pirelli, el de Italmar, el de Techint y así sucesivamente" (Giuliani 2003, 23).

Una avasalladora presencia de italianos nativos y oriundos se destaca en varias áreas de la sociedad argentina: comercio, pesca, arte y política. Casi 20 de los 38 millones de argentinos poseen ascendencia italiana, aunque sólo 527 mil posean la ciudadanía del país europeo (por nacimiento, matrimonio u opción), de los cuales 253 mil, aproximadamente, pertenecen a la jurisdicción territorial del Consulado General de Buenos Aires, que con sólo 53 empleados se coloca a la par de municipios italianos de envergadura como Verona y se convierte en el consulado italiano más grande del mundo. Sólo el Consulado General de Italia en Buenos Aires administra la mayor jurisdicción consular del mundo, con un registro de ciudadanos que equivale aproximadamente a la población de una ciudad italiana como Florencia. En 2004, cuando los italianos en el exterior votaron la renovación de los Comité de los Italianos en el Exterior, sólo en Buenos Aires se presentaron 144 candidatos en 7 listas. El Consulado General recibió 77.715 votos y alrededor de 6.500 ciudadanos se presentaron ante la Oficina Electoral en tres días para reclamaran sus pliegos electorales.

Si se mantiene el actual ritmo de crecimiento de la comunidad italiana en el país, podría duplicarse en tan sólo quince años. De acuerdo con datos de 2006 del Ministerio italiano de Asuntos Exteriores, de los 349 parlamentarios de origen italiano electos en 27 naciones, la Argentina poseía el mayor porcentaje del total, con 89 parlamentarios, seguida por Uruguay (46), Brasil (40), EE. UU. (26), Canadá (21), Francia (19) y Chile (18). Un llamativo dato que bien podría servir como sólida base para el diálogo político bilateral antes que como fuente de divergencias.

La red consular italiana en la Argentina es vasta: cinco consulados generales, dos consulados, dos agencias consulares de primera categoría y cincuenta y seis viceconsulados y oficinas consulares honorarias. Esto se debe a que el 17,5% de la población italiana residente en el exterior (de las cuales un tercio tiene más de 65 años de edad) se concentra en la Argentina, seguida por Brasil, EE. UU. y Australia (solamente Alemania alberga una comunidad italiana levemente superior a la Argentina, con 533.237 residentes). El dato no sólo convierte al país en la nación extraeuropea que hospeda la mayor colectividad italiana del mundo, sino en la que mayor influencia cultural percibió: la democracia argentina contabiliza hatsa hoy 31 diputados, 8 senadores y 10 ex presidentes de origen italiano.

La última reforma de la Constitución italiana estableció la "jurisdicción exterior" que por primera vez da a los italianos residentes en el exterior la ocasión de votar y postularse en las elecciones políticas de la Península. Después de Alemania, Argentina es el mayor distrito electoral desde las elecciones parlamentarias italianas de 2008: 447 mil electores, lo que representa más de 50% de Sudamérica, región que se reserva cinco legisladores.

Alrededor de 800 asociaciones italianas operan en territorio argentino. Casi 80 mil estudiantes argentinos aprenden el italiano en 104 escuelas privadas, 147 escuelas públicas y 15 escuelas legalmente reconocidas. La escuela italiana Cristoforo Colombo, presente en Buenos Aires desde 1952, es el instituto bilingüe y bicultural que depende simultáneamente de los ministerios de Educación argentino e italiano. Su título secundario, válido en ambos países (bachiller bilingüe y maturità scientifica), habilita para el ingreso en universidades a ambos lados del Atlántico.

Existen, además, doscientas representaciones de la Asociación Dante Alighieri; decenas de cámaras de comercio; una oficina regional del Istituto nazionale per il Commercio Estero (ICE); una delegación del Ente Nazionale Italiano per il Turismo (ENIT); ocho hospitales; setenta docentes italianos; alrededor de cincuenta acuerdos interuniversitarios y un teatro, el "Coliseo". Desde 1999, el influyente periódico italiano Corriere della Sera se imprime en la Argentina y está disponible por monedas al público local simultáneamente a su tirada en Italia. Hasta hace poco, también el diario La Repubblica se imprimía cotidianamente con el periódico argentino Clarín.

III.3.1. Senderos políticos

El mismo mes y el mismo año, junio de 1946, Italia y la Argentina comenzaron procesos políticos novedosos. En el primer caso, el camino hacia la república por medio de un referéndum popular, dejando de lado una monarquía y dos extensas guerra mundiales. En el segundo, el comienzo de la revolucionaria experiencia peronista que dejaría su marca indeleble en la historia contemporánea del país, con la inclusión política de la clase obrera y el reconocimiento de importantes derechos económico-sociales a los trabajadores y políticos a las mujeres.

A partir de sus respectivos hitos, la Argentina vio el alternarse de gobiernos civiles y militares; Italia, una frenética cantidad de gobiernos que caían y se rearmaban gracias a su particular sistema de democracia parlamentaria basada en la "fiducia" (confianza) de los legisladores al primer ministro.

La sucesión de gobiernos de coalición de corta duración permitió que desde la instauración de la república, en 1946, Italia tuviese una Asamblea Constituyente y dieciséis legislaturas (períodos de gobierno). A su vez, cada legislatura estuvo compuesta por una serie de administraciones que surgían ante el fracaso de la coalición de partidos al poder.

Así, entre asambleas constituyentes, gestiones de políticos electos y técnicos de transición, Italia registra un récord: 62 coaliciones de gobierno en 60 años de vida republicana (a esta cifra podemos sumarle los 56 gobiernos del Reino de Italia en sólo 53 años, desde 1861 hasta la llegada de Mussolini en 1922). Sólo 24 hombres lideraron esos 62 gobiernos entre los cuales uno, Giulio Andreotti, que encabezó siete de ellos. En el mismo período, Alemania tuvo sólo nueve cancilleres, el Reino Unido doce jefes de gobierno y EE.UU. doce asunciones presidenciales entre elecciones y reelecciones. La última ocasión en que Italia eligió un jefe de gobierno por primera vez fue en 1996, cuando Romano Prodi derrotó a Silvio Berlusconi.

Como el 9 de octubre de 1998, el 24 de enero de 2008 el gobierno de Romano Prodi volvió a caer por la falta de mayoría en un voto de confianza en el Senado, cuando los legisladores de ese cuerpo, uno a uno, deben dar el "sí" o el "no" a la continuidad de una gestión. El voto de confianza fue entonces necesario luego de la renuncia del ministro de Justicia, jefe de un partido de la coalición de gobierno que en las elecciones generales sólo había obtenido el 1,2% de los votos. Que todo un gobierno caiga por el distanciamiento de un partido minúsculo es posible por una intrincada ley electoral que establece un sistema proporcional en el Senado para los partidos minoritarios, que obtienen así más bancas que votos. En cierto sentido, sistemas como el italiano son más democráticos que otros como el estadounidense, donde el que gana "se lleva todo". El sistema proporcional le da voz incluso a pequeñas agrupaciones que de otro modo verían sus agendas sepultadas en una plataforma partidaria más amplia. Pero con tantos intereses en pugna en el mosaico político italiano, se vuelve fácil para un "partido enano" (como los llama el politólogo Giovanni Sartori) extorsionar al gobierno del que forma parte.

Caer por votos de confianza nunca sucedió en la historia italiana, excepto por los dos gobiernos de Prodi. En Italia los gobiernos cayeron siempre por motivos extraparlamentarios. Los únicos casos de confianza negada por el Parlamento anteriores a Prodi tuvieron lugar al momento del "bautismo" de una gestión. Fueron cinco los Ejecutivos que no pasaron el examen parlamentario y murieron antes de nacer: De Gasperi en 1953, Fanfani en 1954, Andreotti en 1972 y en 1979 y, nuevamente, Fanfani en 1987.

En más de la mitad de los casos, la crisis fue completamente extraparlamentaria, con renuncias que llegaron por iniciativa del primer ministro en ejercicio. En otros casos, el gobierno renunció luego de una consulta electoral, según la praxis constitucional. En siete ocasiones las renuncias fueron impuestas por el rechazo en el Parlamento de leyes fundamentales para la vida del gobierno.

Esta particularidad del sistema italiano, que tiene al Parlamento como protagonista, hizo que a menudo los primer ministros y sus cancilleres estuviesen más empeñados en cuestiones internas para sostener a sus coaliciones de gobierno, con la consecuencia de una presencia internacional errática para el país y la dificultad de una tarea diplomática continuada que actuase los dos o tres puntos basales de la política exterior italiana transversales a todo su vida republicana.

El sistema parlamentario imprimió en la cultura política del país una dinámica que no existe en la Argentina: los ex jefes de gobierno, lejos de desaparecer después de sus gestiones, retornan a menudo para ejercer como ministros; los partidos minoritarios (incluso aquellos que no alcanzan ni siquiera el 2% de los votos) ocupan ministerios y espacios mediáticos al nivel de sus aliados mayores; los principales referentes del gobierno (ministros de Economía y Relaciones Exteriores, por ejemplo) se prestan incesantemente a debates mediáticos con la oposición y lo hacen no sólo en tiempos de campaña. Algo infrecuente en los políticos argentinos. La videopolítica, en Italia, es una realidad cotidiana.

La estructura política propia de las democracias parlamentarias europeas crea singulares procesos políticos que distinguen los atributos y las características de un presidente y de un primer ministro. A diferencia del primero, cuyo cargo no depende del apoyo mayoritario del Congreso, para continuar en su cargo el primer ministro debe preservar la coalición que lo llevó al poder y evitar gobernar construyendo mayorías variables según el tema a debatir; deberá esforzarse por seguir siendo atractivo para los partidos socios de su alianza parlamentaria. Pero esta búsqueda de apoyo legislativo permanente a menudo acota su libertad de acción y lo lleva a postergar -cuando no a eliminar de su agenda- el tratamiento de temas en los que no hay consenso inmediato.

Los años cincuenta fueron para ambos países el exordio de la televisión pública: canal 7, más tarde rebautizado como "Argentina Televisora Color", despuntó el 17 de octubre de 1951 con la imagen de Eva Perón y otro aniversario del Día de la Lealtad peronista. A la RAI le llegó el turno en 1954, cuando estrenó su perfil pedagógico: fue la televisión que enseñó el idioma nacional, que unificó a los italianos de cientos universos dialectales (basta comentar que durante los combates de la Gran Guerra, un general véneto y otro siciliano necesitaban de un intérprete para entenderse. Ya en la antesala de la unificación de Italia, el poeta Alessandro Manzoni se ocupó de estudiar cuál de todos los dialectos, a los que concedía categoría de idioma autónomo, sería el más adecuado como nueva lengua nacional unitaria para favorecer la consolidación del territorio). Es la misma televisión que en el exterior, a través del satélite, imparte aún hoy lecciones de gramática para los inmigrantes que llegaron con un dialecto en sus valijas de cartón y un italiano oral; y para sus descendientes, que al repetir el idioma que sus padres despliegan en casa creen hablar italiano.

Otro punto de inflexión para ambas naciones lo marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial. Italia, que en pleno conflicto abandonó el eje Berlín-Tokyo para apoyar a las potencias aliadas por medio del accionar partisano, comenzó en los años posteriores un crecimiento económico que se aceleró en las años sesenta y setenta hasta colocarla en el puesto de cuarta economía del mundo en los años ochenta, por encima incluso de Gran Bretaña, como se jactó el ex jefe de gobierno italiano Bettino Craxi. En pocos años, Italia abandonó su condición de Estado pobre, campesino, para convertirse en una de las naciones más industrializadas. Desde entonces, el país retoma, no siempre con rumbo claro, la vieja persecución del rol de potencia media con intereses globales. Le sobran raziones: Italia tiene el tercer más grande PIB de los 15 países que formar parte de la zona euro. Su población es casi igual a la de dos pesos pesados europeos como Francia y Gran Bretaña. El país mantiene relaciones diplomáticas con más países que EE.UU. Según algunas estimaciones, Italia tiene un gasto militar que casi iguala al de China y tiene más uniformados que Alemania y Japón. Pero su endémica inestabilidad política hace difícil que Roma consolide su influencia en el escenario mundial.

También la Argentina vivió una inédita situación de prosperidad económica e industrialización con el peronismo, el movimiento político de base operaria que por su rasgo populista, estatista y de movilización de masas fue definido como fascista por historiadores angloamericanos. Ambas experiencias políticas –fascista y peronista- se ocuparon de inocular una idea de conciencia nacional y de clase a masas rurales y operarias, respectivamente, que vivían en la periferia no sólo geográfica, sino político-económica. Perón, que durante 1939 y 1940 vivió en la Italia fascista como agregado militar de su gobierno y que solía hacer gala de su dominio del idioma italiano, nunca ocultó su atracción por el estilo de conducción política de Mussolini. Pero no son pocas las variables que separan el fascismo del peronismo: aunque democracia de baja intensidad, el peronismo nunca llegó a convertirse en un régimen dictatorial.

Mientras el peronismo comenzaba a modificar para siempre la estructura política argentina, en 1946 Italia emprendía su camino hacia una república bipartidaria en manos de dos formaciones que condujeron los sucesivos gobiernos hasta inicios de los años noventa: la Democracia Cristiana (Dc) y el Partido Comunista Italiano (Pci) -una de las dos más importante religiones seculares del siglo veinte, según Ernesto Galli della Loggia; la otra sería el fascismo. Y un tercer actor: el socialismo.

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